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El hombre: ¿Enemigo No. 1 del perro?

Siempre sentiré orgullo de vivir en mi Monterrey. Me encanta y me enorgullece igualmente su gente, aunque hoy tengo que reconocer que no toda, ya que en días pasados circuló la lamentable noticia del terrible maltrato que un perro indefenso recibió, quedando en un terrible estado.

Estoy indignado, y totalmente impactado de saber hasta dónde pueden llegar algunos humanos que, por sus actos, están vacíos de corazón y sabrá Dios qué desperdicios contiene su cerebro. Hemos leído, desconcertados, el ataque sufrido por un indefenso animalito, Bali es su nombre, a manos de un depravado que le mutiló sus patitas traseras a machetazos. Una acción así, que demuestra tanta indiferencia y mucha crueldad de un individuo contra una mascota, es el cuadro inequívoco de un asesino en potencia. Lo que hace con un pobre animalito, no moverá su conciencia a no hacerlo con algún humano.

Las mascotas, principalmente los perros, muestran tanta nobleza, total sumisión, fiel compañía y tanto amor desinteresado por el hombre, que quien alberga en su corazón sentimientos de amor y protección, los hace formar parte de la familia; los cuida, los alimenta, los protege y los hace formar parte de sus alegrías y sus tristezas, que los perros presienten y entienden. Desde siempre, el perro ha permanecido junto al hombre: ha sido guardián, compañero, guía y protector. El perro no distingue estrato social para tener un amo. Lo mismo camina bajo la sombra de un carretón acompañando a su amo, que en mullido transporte en brazos perfumados.

Dice el refrán que el perro es el mejor compañero del hombre; lástima que el perro no pueda decir lo mismo. No voy a explayarme relatando sufrimientos y atrocidades que han sufrido tantas mascotas a manos de seres sin conciencia, prefiero hablarles de las mascotas que tuvieron la dicha ellos, de compartir nuestro hogar desde el tiempo de los abuelos, y nosotros de disfrutar de su bondad y compañía.

Recuerdo que en casa de mi abuelo paterno, recibíamos la bienvenida de la “Rondinela”, una perrita policía de las de antes, dándonos la mejor expresión de su rostro y los más agitados movimientos de su cola. En casa de mi padre, disfrutamos las travesuras y demostraciones de alegría de un melancólico “Beagle” que le regalaron y que les encantó tanto a unos compadres que no tuvo más remedio que traspasarles a ellos perro y felicidad. Después llegó a nuestro hogar el “Kayser”, un pastor alemán que formaba parte del equipo de futbol que entrenaba en el parque frente a nuestra casa: “-Don Antonio, -le decían a mi papá- el Kayser nos quitó el balón”. Desgraciadamente, y como es la ley de la vida, murió llenando de desdicha a la familia, pero le hicimos los honores correspondientes dándole sepultura bajo un sabino, junto al Río La Silla.

Formado ya mi hogar, mi familia recibió con inusitada alegría un cachorrito “French” al que bautizamos como “Robin Alberto” (lo de Alberto por mí, que es mi segundo nombre) y lo disfrutamos cinco años hasta que alguien de muy buen gusto se lo robó y aún vivimos con la esperanza de que el cambio lo haya favorecido (al perro). Luego, llegó al hogar otro perro igualito al anterior, al cual bautizamos nuevamente como Robin Alberto, para intentar de mitigar el duelo por el robo del primero. A este noble perro le conseguimos una guapa novia y tuvo un hijo al que pusimos “Bombón” y juntos eran eso: una bomba en potencia, juguetones, cariñosos, correlones, leales e inseparables compañeros. La desgracia se ensañó con “Robin Alberto”. En un fin de semana en la finca campestre, fue atacado y muerto por andar de aventurero. Toda mi familia, entristecida por este final de la mascotita, le dimos sepultura allí en la finca, al pie de un frondoso nogal. El “Bombón”, su hijo no volvió a moverse; no quería comer, se daba volteretas como si lo poseyera la locura, hasta que murió sin razón aparente.

Ahora nos complacemos en nuestro hogar con una diminuta chihuahueña, “Carmela”, en quién nos esmeramos por devolverle algo del cariño, la lealtad y la alegría que nos brinda. Siempre hemos amado a nuestras mascotas y admiramos a quienes tienen una o varias en su hogar y las alimentan, las atienden, las curan y las protegen.

Triste realidad la que percibimos en otros muchos hogares donde probablemente no se detecta una violencia directa contra sus perros, pero si indirecta al tenerlos olvidados en un patio sucio, comiendo sobras de todo tipo, con su pelo anudado y apestoso, olvidando sus visitas periódicas al veterinario y, sobre todo, castigándolos con el látigo de la indiferencia y el desamor. E

stoy seguro que si el cruel, malvado y depravado sujeto que mutiló al infortunado “Bali” se presentara ante sus ojos, el perrito lo vería con compasión y movería su colita mostrándole amor.