Esplendor de las galerías de arte en San Miguel de Allende

(Nota Original: La Jornada Por: Merry MacMasters) Tan sólo en un punto de la ciudad se congregan 200, señala Florencia Riestra. El número de esos espacios “rebasa cualquier expectativa en el país”, explica.

 “La cantidad de galerías en San Miguel de Allende, Guanajuato, rebasa cualquier expectativa en toda la República”, expresa Florencia Riestra, quien hace ocho años, junto con su esposo Alfonso Bulle Goyri, abrió una en el llamado “corazón de México”, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2008. En ese momento la Galería Florencia Riestra de la ciudad de México tenía 25 años de haber sido fundada.

En ese entonces les resultó “muy atractivo tener una alternativa, porque pensábamos que ese podría ser un foro hacia el exterior, sin tener la participación constante en las ferias, y que aquí podría haber un público interesado en ver y adquirir lo que se producía en México”.

De la colonia Roma a San Miguel

La Galería Florencia Riestra, de Colima 166, colonia Roma, en la ciudad de México, cerró sus puertas hace dos años y medio. Para entonces la pareja había tenido la oportunidad de ver “cómo era el mercado/ambiente artístico aquí y cada vez nos gustó más lo que pasaba. Desde un principio pensamos que San Miguel definitivamente era un lugar donde el asentamiento internacional, tanto estadunidense, canadiense y europeo era muy grande”.

El año pasado la ciudad contaba con 126 mil habitantes, de los cuales 15 mil eran de procedencia extranjera, en gran parte estadunidenses. De hecho, San Miguel es una de las ciudades con más estadunidenses fuera de Estados Unidos. En lo que a galerías se refiere, Riestra las calcula en 60, pero anota que “el estricto sentido de la galería ya no existe aquí, se diluyó”.

Al final de cuentas los estudios de artista, los talleres, los hoteles, los restaurantes, inclusive, el Museo del Juguete Popular Mexicano que organiza exposiciones itinerantes, hacen la función de las galerías. Las exhibiciones se cambian con frecuencia y los artistas, residentes en barrios de la ciudad, “se juntan y hacen sus caminatas de arte una vez a la semana. Todos los talleres artísticos abren sus puertas y se promueven”.

Visto así, el número de espacios sube a 200, sostiene.

Dado el fenómeno de la profusión de galerías aquí, personas de ciudades como Irapuato, León, Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí, Monterrey y el Distrito Federal acuden a comprar obra de arte.

La presencia tanto de las galerías como de la comunidad extranjera en San Miguel tiene una razón de ser. La Revolución Mexicana, al igual que la guerra cristera, dejaron estragos allí. En 1937, el artista e intelectual peruano en el exilio, Felipe Cossío del Pomar, se mudó a San Miguel. De acuerdo con la historiadora Lisa Pinley Covert, éste había visitado el pueblo varios años antes y regresó como huésped del cantante y actor José Mojica, propietario de una casa allí, porque pensaba que sería “un sitio ideal para aspirantes a artistas de escaparse de las responsabilidades de la vida diaria y pintar”.

Cossío de Pomar, junto con Mojica y Leobino Zavala, líderes de la sociedad Amigos de San Miguel, se reunieron con el gobernador, Luis I. Rodríguez, para discutir el establecimiento de una escuela de arte, empresa que el mandatario estatal apoyó. El peruano encontró un edificio para su escuela –Las Monjas, otrora un convento convertido en barracas–, luego, un conocido mutuo arregló una reunión con el presidente Lázaro Cárdenas para que Cossío del Pomar le pidiera permiso para usar el edificio.

Cárdenas estuvo de acuerdo, pero “no ofreció ningún apoyo financiero. Cossío del Pomar le aseguró que la inscripción de estudiantes extranjeros generaría suficiente ingreso para sostenerse”.

El intelectual peruano se imaginó la Escuela Universitaria de Bellas Artes como una especie de Bauhaus mexicana. En 1937 también coincidió en San Miguel otro invitado de Mojica: el artista de Chicago Stirling Dickinson, quien fue “el principal responsable del temprano éxito económico de la escuela”, escribe Pinley Covert en su ensayo De puesto fronterizo colonial a meca de artistas: conflicto y colaboración en el desarrollo de la industria turística en San Miguel de Allende.

Antes de abrir sus puertas, “Cossío del Pomar buscó la ayuda de Dickinson, quien se volvió director asociado de la escuela y diseñó su primer catálogo en inglés y español. Juntos distribuyeron 10 mil ejemplares en universidades e institutos de arte en Estados Unidos, Canadá y Latinoamérica. Doce estudiantes asistieron a la primera sesión de verano en 1938, para el año siguiente creció a más de 100”, aunque no siempre fueron bien recibidos entre la población local.

Con el ataque a Pearl Harbor, en 1941, menos estadunidenses deseaban viajar y varios profesores de esa nacionalidad, Dickinson incluido, regresaron temporalmente a Estados Unidos para alistarse en el ejército.

Para contrarrestar esa situación, Cossío del Pomar intensificó el reclutamiento de alumnos y maestros en países latinoamericanos, como Colombia, Perú y Cuba, así como de las universidades de Guanajuato, Querétaro y Morelia. Sin embargo, cuando se le permitió regresar a su país, vendió la escuela en 1946 al abogado Alfredo Campanella.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, San Miguel resultó también ser atractivo para los veteranos del conflicto bélico. En 1944, el Congreso aprobó un acto, conocido como el GI Bill, con la finalidad de proporcionar ayuda del gobierno federal para el reajuste en la vida civil de los ex combatientes. Una de las provisiones principales fue que el gobierno alentaría a los veteranos a asistir a las universidades o escuelas vocacionales al solventar los costos de matrícula. El gobierno canadiense aprobó una legislación similar. México era una elección popular, debido a los bajos costos de vida. Una de las escuelas mexicanas aprobadas por ambos gobiernos fue la de Bellas Artes. Para acomodar el influjo de estudiantes, empezó a ofrecer clases a lo largo del año y no nada más en el verano y el invierno.

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