Nierman de visita en Guanajuato para recibir un homenaje por parte del Museo Iconográfico del Quijote
(Nota original: Vimarsa S.A. de C.V.).- Conversar con Leonardo Nierman es una aventura similar a la que propone su obra pictórica: el artista de permanente sonrisa escapa de la convencionalidad del diálogo y recae en astucias que a la vez son respuestas.
Una pregunta directa sobre su arte se transforma en un regreso a la naturaleza; reflexión que nace de la tranquilidad del café en la mano, del tiempo que sin duda es más fácil de vivir en retrospectiva.
De visita en Guanajuato para recibir un homenaje por parte del Museo Iconográfico del Quijote (MIQ), Nierman no deja de sentir placer por observar esta ciudad, fijo en la idea de que el azar se alió con la sensibilidad para crearla: “no sé si los que aquí viven se percatan del impacto que tiene al visitante. Es esa mezcla de piedra y roca, esas miles de casitas de colores que parecen como un cuadro puntillista. Esa montaña con la escultura de Don Quijote y que le crecen nopales ¡creo que les salió de chiripa! Es un chiripazo acompañado de mucha sensibilidad, la fueron armando y la conservaron. Porque hay ciudades que nacieron muy bonitas y de repente empezaron a poner porquerías y la estropearon. Evidentemente, aquí hay una mayor responsabilidad civil, un mucho de cariño, esta ciudad es un tesoro que hay que cuidar”.
A la pintura, Nierman no la considera trabajo. A pesar de ser catalogado dentro de la corriente de la abstracción pictórica, nada hay de complejo en su relación con la práctica artística: “todo lo relacionado con el arte se me frena llamarlo trabajo ¡Es tanta la alegría que me da! Lo relacionado con el arte yo no lo puedo llamar trabajo. Es una fuente de alegría, creo que es uno de los grandes placeres que encontré en la vida: el sumergirme en el mundo de los colores”.
El también escultor se niega a hablar a título personal de su trabajo, piensa que sería injusto, ya que se pasa por el mismo trance de la madre cuando habla de las virtudes de sus hijos: “todas las mamás piensan que su niño es el más bonito, el más inteligente, el mejor educado, el que tiene más virtudes y que lo único que le falta es tocar el piano. Por eso no puedo hablar de mi obra”.
Anécdota de un desencanto
Leonardo Nierman llegó a la pintura de forma inesperada. Durante su juventud planeó dedicarse a la música, a la cual dedicó 20 años de su vida: “estudié música de una forma intensiva durante 18 ó 20 años, creí que iba a ser un gran violinista, ya daba conciertos. Un día, después de un concierto en Bellas Artes, me entregó un señor una grabación que hizo del mismo, se lo agradecí y después del concierto fui con mis amigos a celebrar mi ‘deslumbrante’ triunfo. Se habló de cuáles serían los siguiente proyectos, que yo iba a tocar en el Carnegie Hall en Nueva York o en el Royal Festival Hall de Londres, en la sala Pleyel de París, ‘o mejor en el teatro de los Champs Elysées porque ahí cabe más gente’, el Concertgebouw de Amsterdam… y mareado del aplauso y proyectos de mis amigotes llego a mi casa; queriendo prolongar los placeres, saco la cinta y la escucho… ¡Ah chirrión! Primero supuse que estaba descompuesta la máquina que hizo la grabación, pero en mi suprema perversidad saqué una grabación de la misma obra, de la sinfonía española de Edouard Lalo tocada por un individuo, uno de los grandes violinistas del siglo XX, Yehudi Menuhin; soy amigo del hijo, ya los perdoné a los dos, pero aquello fue como un electro shock de diferencia. Se me ocurrió que lo único razonable en esos momentos era un funeral elegante. Saqué el violín de su estuche, le di un abrazo y le dije: ‘querido amigo, tú y yo nos vamos a reencontrar en la eternidad, no antes’. Nunca más lo volví a tocar”.
El impacto fue tremendo, pero la música no pasó en vano por la vida de Leonardo Nierman, pues a través de ella conoció a la armonía, que lo acompaña en su arte y en la vida: “para mí fue violento, sentí que había desperdiciado un porcentaje enorme de mi vida practicando el violín cuando pude habérmela pasado en el parque de Coyoacán comiendo nieve y viendo a las muchachas caminando por ahí, los atardeceres, los globos, todas esas cosas tan bellas. Pero con el tiempo descubrí que la música me dio armonía. Armonía que me ha servido muchísimo en la vida, me ha servido para ver el tiempo, la vida, la muerte, lo que hace sentido, lo que no hace sentido. No caer en esas trampas de vanidad, ver con respeto a la vida humana, ver con respeto la naturaleza, las plantas, los animales, en sí la armonía que da la música. Estoy convencido que la música es el regalo supremo de los dioses a la raza humana y a los perros que viven con la raza humana”, comenta, extendiendo la sonrisa.
Lo que es vulgar es la realidad
El “Quijote” de Nierman es ya un ícono para el MIQ, pues ha acompañado diversas ediciones, artículos y recuerdos del museo. Para el artista, el personaje de Cervantes es una inspiración perpetua para los individuos: “el Quijote siempre ha sido una fuente de inspiración para la raza humana pensante, por esa mezcla de poesía y locura, la forma en que el amor transfigura las cosas convertido en Dulcinea, es una forma de poesía desenfrenada. Y Guanajuato es la escenografía perfecta para el Quijote, es más, muchísima gente pensó que aquí estaba enterrado hasta que vieron a Onofre (Sánchez, director del MIQ) hacer realidad el mito enterrando una edición”.
Nierman cree que el mito colma a la vida de belleza: “el mito es bueno, lo que de repente es vulgar es la realidad. Cuando alguien habla de un mito yo jamás lo desencanto porque sin fantasía ¿qué queda? Creo que sin fantasía la vida se vuelve muy repetitiva, muy aburrida. Alguna vez dije que el aburrimiento ha matado a más gente que las guerras, hay gente que por aburrimiento toma una escopeta y se dispara en el pie, sólo para ver qué se siente”.
Emoción, ante todo
Para Nierman ya no es muy importante todo lo que la crítica y la academia pueda decir de su obra y del arte en general. Para él, la emoción y el diálogo con el otro son los únicos medidores para disfrutar del arte: “en una de mis últimas iluminaciones, fui a un concierto a la Sala Nezahualcóyotl, acompañado de un querido amigo, el doctor Bruno Estañol. Al salir, ya en la cena me preguntó qué me había parecido el concierto. Le dije: ‘la sinfonía de Mendelssohn que escuchamos seguramente fue escrita por un gran músico, pero su Concierto para violín y Orquesta (Mi menor, opus 64) la escribió un ángel, no un hombre’. Se quedó pensando y me preguntó a dónde me llevaba ese pensamiento, y le contesté que ya no sé, francamente, si un cuadro es bueno o es malo, si una obra musical es buena o es mala, simplemente me emociona o no me emociona y llevado eso al mundo de la pintura, si el cuadro que estoy pintando no me emociona no lo puedo dar por terminado, porque hay que ser por lo menos congruente con uno”.
Leonardo Nierman sigue bebiendo su café; la charla llega a su desenlace natural y él se percata, por ello, al recibir el agradecimiento por el tiempo y las palabras, replica: “el que habla escucha y el que escucha aprende. A veces uno dice cosas que están en la licuadora del coco y que hasta que no la escucha no se da uno cuenta si lo que dice son tonterías o si hay un rayo de luz. Y eso mismo pasa con el arte y la pintura. Siento que un cuadro no está terminado hasta que tenga la suerte de encontrar a alguien que se detenga frente al cuadro un instante, un minuto o cinco minutos. En ese momento el cuadro ya cumplió su destino”.
Breve Semblanza
Leonardo Nierman nació en 1932 en la Ciudad de México. Su pintura y escultura es reconocida y montada en todo el mundo. Entre sus distinciones más importantes está el ser miembro vitalicio de la Real Sociedad de Artes de Londres, desde 1965; el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Concordia, Irvine, California, y la instauración en la ciudad de Chicago, en el año de 2002, del Día de Leonardo Nierman, el 19 de diciembre. Su obra “Quijote 2000”, que decora el corredor escultórico de Guanajuato capital, también está presente en el Paseo del Sardinero, en Santander, España.
